Alguna tarde por la Place de l'Opéra
Del otro lado de la calle ella lo miraba fijamente con sus
ojos almendrados, sentada en alguna mesa remota del Café de La Paix. Dejó
reposar su taza de café humeante en el plato, llevándose posteriormente a la
boca su cigarrillo, lo presionó entre sus labios y con la delicadeza de una
dama temperamental soltó el humo lentamente, posicionando su boca en una sutil
“O”. Él se tomó su tiempo para detenerse en la acera parisina y simplemente
mirarla. Una música fina y cortés proveniente de las violinistas de la plaza
llenaba el ambiente, interrumpida de forma intermitente por el galope de alguna
que otra carroza. Se fundía con las edificaciones de la Place de l’Ópera y con
los personajes que se habían presentado ese día en su lugar favorito de París.
Dio su merecido paso hacia adelante y se dirigió vehemente hacia la puerta de
entrada del café. A su paso, la mujer no dejó de observarlo. Una mirada aliñada
con ternura y con amenaza, con elegancia y vulgaridad, con fervor y melancolía.
La mujer lo era todo en una simple mirada, y al pasar junto a ella podía sentir
los latidos de su corazón rugiendo y golpeando su cuello, y un calor que incineró
sus mejillas. Intimidado, avergonzado y apasionado. Lleno de curiosidad.
Al
llegar a la barra del local pidió un whisky seco y luego se sentó en una de las
mesas de afuera, a unos pocos metros de la mujer. La miró de reojo. Sus ojos
estaban enfocados en algún punto en las alturas y sus pestañas se arqueaban
como abriéndose al sol. Él miró hacia donde ella, y en el extremo del farol de
la plaza habían dos palomones moviendo sus picos en un acto de evitar que
cayeran las gotas de agua que habían conseguido retener. Alguien habló.
–
A veces lo comparten, cuando estos días de calor
se prolongan y el agua se evapora. Ahorran, saben hacerlo. - Su voz suave y profunda abrazó sus tímpanos.
Hasta la voz de la mujer era digna de oír.
–
Es raro, en el mundo general sobrevive el más
apto – Contestó él
–
Hasta el más apto es infeliz si llega a la
aptitud acompañado de la soledad – Dijo la mujer, y lo miró a él nuevamente –
Al verte pensé que llevabas a Paris en tu sangre, tu forma de observarlo en su
entereza. Deberías saber que la soledad es una más de sus maravillas.
–
Si la soledad fuera de por sí una maravilla
seríamos todos ermitaños – Dijo él. Era rudo con las palabras no por que
tuviera la confianza para serlo, sino por que lo intimidaba la mujer y la
rudeza era una de sus incontables defensas.
–
En algún momento de nuestra vida lo somos – Se
llevó la taza de café a la boca y bebió un sorbo, jamás dejando de lado su
elegancia y fineza – No sabríamos valorar la compañía sin una dosis de soledad
en nuestras vidas ¿No crees?
–
Lo que creo es que la soledad es una elección no
una forma de aprendizaje, jamás la he apreciado.
–
¿Jamás? ¿Y qué haces sentado solo allí con un
vaso de whisky? Supe desde que te vi cruzar la calle que eres un trazo de la soledad personificado.
Pero no te preocupes, yo también lo soy. Así es más sencillo. Mi nombre es Anne,
Anne Du La Voix – Y entre sus labios se dibujó una pequeña sonrisa,
desentonando de la estructura rígida pero bellísima de su rostro. – Siéntate
conmigo, y sabrás de qué hablo al referirme al valor de la compañía.
Un poco confundido y aturdido se
paró de su mesa, tomó su vaso de whisky y se sentó junto a la mujer
-
Mi nombre es Frank – Dijo el
chico, bebiendo de un solo trago el resto de whisky que le quedaba.
-
Mmm… ¿Eres inglés verdad? – Frank asintió - ¿Qué
te trae a los anzuelos de Paris? – Preguntó la mujer con tono irónico.
-
La curiosidad – Dijo él, y levantó la mano para
pedirle al mozo otro whisky – Y cierta búsqueda.
-
Eres aventurero ¿Qué es lo que buscas? – Preguntó,
con aire de interés.
-
Exactamente eso, hacer de mi vida una aventura –
Respondió él. La mujer chasqueó la lengua.
-
¿Y crees que eso lo puedes encontrar únicamente
en Paris?
-
A Paris me trajo la casualidad, solo estoy de
paso… Sigo el rastro de lo que me cause emoción.
-
No es aventura lo que estás buscando entonces,
sino sentir. Algo, cualquier cosa. Lo que sea que pueda hacerte saber que eres
un ser humano. Aquí no lo encontrarás solo, a Paris se llega consciente de los
sentimientos, no buscándolos. – Bebió el último trago de su enfriado café.
Ambos quedaron en silencio. Esa
desconocida parecía saberlo todo de él, o simplemente era una habladora. Paris
no hacía otra cosa más que imponer presencia, pero ella tenía razón. En su
búsqueda de no saber nada encontró la respuesta al vacío de su vida. En Paris,
en una plaza… En una mujer.
-Llévame contigo – Le dijo ella –
Adónde sea que vayas. Mis sentimientos aquí ya se han desgastado. No me merezco
perder un minuto más en este lugar. Por favor, tú y yo buscamos lo mismo. Es
momento de empezar a vivir. Te lo ruego. – Le imploró con un cierto e ínfimo
dejo de desesperación, propia de un prisionero que pasó la mayor parte de su
vida entre los barrotes.
- ¿No me decías ser una
solitaria? – Le dijo el joven, atónito por la reacción de la chica y sin saber
qué contestar.
- Soy una aprendiza de la soledad
pero no una amante- Y lo miró, con ojos de ruego inconfundible.
A Frank le costaba creerlo, la
mujer era bellísima y misteriosa. En su tono de imploración había debilitado
toda su imagen y coraza de ser fuerte ante las circunstancias. Se había
entregado a él. Por algún motivo el chico sentía que ahora dependían los unos
de los otros. Quizás una dependencia surgida de los recuerdos de soledad que
Frank había vivenciado en su travesía a Paris. Quizás era todo producto de la
fascinación y la duda que sentía ella por él y él por ella. Algo dentro del
chico vibró con fuerza encendiendo hasta la más lejana célula de su cuerpo. No
era un arrebato hormonal, era algo mucho más inexplicable. Y accedió.
Comentarios
Publicar un comentario