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La vida quiebra.

Se me ocurrió ponerte al lado, como ser fanático operante de las comparaciones, hubieses notado la simetría que tenías con la prisa de las bufandas y los borcegos de los ansiosos estacionales que poblaban la cuadra, como la noté yo. Y me reía, pero vos te creías que me reía con la inercia con la cual uno se ríe cuando se cruza con un conocido y está abriendo la boca para emitir el murmullo fugaz del buen día y las conversaciones sin rostro de las espaldas. Te sorprendí un poco, lo noté porque se te borró la sonrisa cuando me quedé parado viéndote sin decirte nada. Porque así es como me gusta detonar tu reloj. Soltaste el aire por la nariz, en el desesperado intento de rellenar el espacio que había quedado entre tu apuro y mi silencio. Como si todo hubiera sido diferente, como si aquellos meses del viento y el otoño desorientado vos no hubieras evitado tantas veces pasar por la alameda con el miedo de cruzarte; y hoy te olvidaste hasta de eso. Te olvidaste hasta de tus miedos, y te ol...

Una para el año.

¿Cuánto puede durar una bruma si hay tiempo de sobra para matar cualquier sentencia de rutina? Y si en esa rutina uno encuentra respuestas a las preguntas del día a día, quizás sea la paja de una proyección veraniega de incontables días al pedo que me silencia bastante las ganas de artistear por la vida, cuando en realidad debería ejercer el efecto contrario. Hace mucho tiempo que siento el óxido de esa partecita de mí, y me gustaría erradicar la enfermedad (si pudiera identificarla). Después pienso que a lo mejor es de a ratos, como siempre. Entonces me llevo a niveles incontrolables de estrés y al final me lleno la cabeza de ruidos de nuevo para concluir que estaba mejor antes. Me levanto y pienso: Franco, estás donde tenés que estar. Me abrazo a la tranquilidad de que todo llega a su tiempo... Y si no? Entonces pienso de nuevo en vos y ya no sé si es un recurso para apaciguar el miedo terrible que le tengo al mañana o una forma de llevarme hasta el Franco que sentía, algo, por más m...

De estos días

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Cualquiera de estos días quizás tenga la certeza de lo primero que dije, cuando le hallaba los pilares sentidos a esta hoja de oportunidades. Se disipaba la tumultosa confesión del jazz que borbotaba, meciéndose lento, por las resecadas líneas de unos labios tan solos. Cualquiera de estos días me voy a llenar el pecho de confianza y acaso termine amurallándote en la lluvia, evadiendo el movimiento de las luces de los taxis, que como ojos de sol amaneciendo en la neblina pasan a los costados de los que están quietos, entumecidos bajo el premonitorio frío estival. Cualquiera de estos días si bien vos vas a estar en tu caleidoscopio, lejos de todo comienzo y agonizando el smog de la rutina, quizás me aparezca por el local penumbroso de los discos donde oí por vez primera a Chet y te pueda escribir una frase en el dorso de King of the Blues, para que la leas cuando en el sueño de tu té de cardamomo y el despiste de una mañana cualquiera te acuerdes de mí. Y aunque sé que no soy virtu...

La infinidad de lo mínimo.

Día austral, con un poco de amargura ayer nos reíamos de vos en la cocina. Nos acordábamos con el velo de acordarnos, de acordarnos de todo, no sólo de las estupideces que nos habían generado la necesidad de encontrarnos. Vimos toda la película otra vez, como anfitriones de una era que fue demasiada y suficiente. Apretando labios y tragando saliva. Conocemos las mordidas en las calzadas y las curvas donde solíamos volcar, los cuerpos a la inercia de la centrífuga dejadez de amar sin sentido común. De amar joven. De amar tercos. De amar por las rutas que quedan ahondando en la mirada del hombre que soy cuando no soy hombre sino más bien camino. Vos ayer sabías que estaba ahí ecualizando la manía, locura despierta del viajero que duerme. Y te vi porque te pensé al llegar, como si te extrañara de años, pero nunca tan diferente como mañana, pues hoy vas a escuchar todo lo que tengo para decir y vas a marcar, marcar esas frases en mí que sólo significan algo haciendo ese truco de rascar l...

Torcaza.

No puedo sacarme de la cabeza todo esto que reverbera ahí donde nadie escucha las palabras, como si salieran de niños dormidos que nunca conocen la mentira. Y hoy también lidiando con los soles del día que cambian sin avisar su luz, y juguetean perdidos con sus rayos como brazos en las ventanas, limpiando cristales llorosos por lo que quema la calefacción de los cuartos. Los inviernos son así en el desierto, querido guijarro. Como esta línea de torcazas que sombrean los aires por la mañana, siempre es mejor esa brisa para difuminar los murmullos de la noche, los que hablan de vos y yo, llegando a algún sitio.  ¿De qué forma puedo decirte que pensé en vos durante toda la vuelta? A la ida no tanto, porque allí en ese hueco uno va pensando en uno mismo. Sino después a la vuelta, cuando solo está uno y su vacío. Ese que no llenan estas ganas inmensas de cambiar el mundo, o de exponer algo, lo que sea, con la sencillez antagónica de la pseudociencia con la que busco explicar tod...

Viejo amor de las veredas.

La caja golpeaba, se encendía, y el calor llegaba a mi boca, y cansaba. Pero era una maratónica prueba de resistencia en la que el perdedor lo perdía todo. El audaz intento de llegar a meterme tanto en tu cabeza que marinaba las palabras en una violenta belicosidad  de silencio y respiraciones entrecortadas. Después la sutil apertura de alas dirigidas a las constelaciones de tu almohada y mis dedos pasando lentamente por tus antebrazos y entrelazándolos con tus plumas blancas en el ápice. Levantando la cabeza como el esclavo abolido de su libertad y mirarte a los ojos, abiertos hacia mundos tuyos, con el metálico aliento a sangre desde el pliegue interno de tus labios, inspirando rápido y profundo, con las mandíbulas apretadas. Y sentía la necesidad insoportable de humedecerte la oreja con algo que te hiciera regresar pues no estaba seguro de que supieras lo que estabas haciendo y eso me volvía loco. Pero te besé mejor el cuello, y tus plumas se erizaron fuertemente entre mis ded...

Planeta.

Yo no sé si he crecido, no sé si ha crecido este planeta adentro mío tan distinto al que fue alguna vez. Está pegado el planisferio en la pared de mi cuarto y está marcada en verde la ubicación exacta donde me vi a mí mismo y entendí el asombro de las horas, la adrenalina dulce en la garganta y la orquesta del tiempo. Se hace fuerte Carfax, casi tan real como vos. Ímpetu poligonal de las tantas direcciones sobre una misma calle emparchada y vieja. Los scons y el cream tea, lábiles tardes atenuadas fuera del nido. Las aventuras de los adoquines y el punting, maldito punting, encallado en un barro del fondo, soltando burbujas marrones. Riendo las futilidades, siempre acordes a la diligencia de la juventud. El silencio de un café cargado, verdugo del frío y de las palabras que a nadie le cambian la vida pero taponan las urbanizadas esquinas del hartazgo. Los cheers del bus driver y Ben's Cookies. Los topless de las ladies con sus pechos persiguiendo austeros rayos de sol. Las escupida...